El viaje de mi tía: La vejez desde mi vida en pareja


Nunca pensé que llegaría este momento, mi vida en pareja.

Siempre hui de este tipo de vida, quería ser libre e independiente, raro para aquellos tiempos.

Vivía acompañada de mi madre, una mujer viuda que me sacaba bastantes años y como familia cercana, mi hermano, que se casó y tuvo cuatro hijas.

Para mis sobrinas, mi madre era aquella abuela cariñosa y comprensiva, un lugar de refugio y protección que yo había tenido también en mi niñez con mis abuelos.

Para mi hermano, era su madre. Una persona a la que veía los domingos para comer y que se preocupaba de ayudarle en cuidar de la gran familia que había formado.

Para mí, mi madre era la persona con la que convivía, la que me ponía límites. No con respecto a ella y su nivel de dependencia, si no en mi forma de ver la vida.

Durante muchos años, insistió en que me casara y formara mi propia familia. Pero pasado el tiempo, dejó de insistir. Se conformó y se acostumbró a que nuestro mundo fuéramos nosotras dos.

Ya terminando la década de los cuarenta, entra en mi vida Ricardo. Lo conocí en una especie de cita a ciegas que organizó su cuñada, mi compañera de trabajo. Él era el mayor de una familia de seis hermanos, el soltero. Aunque a regañadientes, acudí a la cita, y fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Y aunque no me sentía sola, a partir de aquí, sí puedo decir, que nunca más estuve sola.

Nos casamos en dos meses, y comenzó a compartir la vida conmigo y con mi madre, que lo consideró durante un tiempo el enemigo. Había invadido su espacio y le había quitado la total atención de su hija. ¿Quién la iba a cuidar? ¿Cómo podía ser que no obtuviera el 100% de atención de su hija? A partir de este momento me di cuenta de que uno de los rasgos importantes que se adquieren en la vejez es EL EGOISMO. Nunca es bastante, siempre se quiere más.

Nosotros intentábamos hacer una vida de recién casados, salir a cenar, pasear, ir al cine…… Queríamos disfrutar de nuestra vida juntos en los ratos que podíamos, no olvidemos que mi madre vivía conmigo.

Ella se volvió controladora y reclamaba asistencia constante. ¿Dónde vais? ¿A qué hora volveréis? ¿Os parece que son horas de volver?…

No podía soportarlo.

Mi madre se convirtió en una persona que me volvía irascible, y entraba en conflicto con ella a la mínima.

Ricardo fue mi bálsamo de cura. Me enseñó a tener paciencia para conseguir una convivencia respetuosa y armoniosa. Todos podíamos aportar cosas. Y con el tiempo así fue.

Pero todavía me quedaba vivir la vejez de nuestros padres desde otro prisma, la enfermedad.

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