El viaje de mi tía: ¿Quién soy?


Me llamo Carmen, tengo casi 92 años y estoy diagnosticada de alzheimer muy avanzado.

Estoy vinculada a una empresa de ayuda a domicilio a través de mis sobrinas, que además de trabajar en ella, viven día a día los sinsabores, las negaciones y el inconformismo de envejecer, tanto por parte de los que lo experimentamos como por parte de las familias que nos acompañan. Ellas serán mi voz.

Mi historia.

Quiero contar en primera persona, qué supone envejecer. Y no en el sentido negativo de la palabra, sino en la realidad de este proceso.

Nací, crecí y me desarrollé como persona. Formé mi propia familia y me dediqué a cuidarlos y mimarlos. La vida, ¡cómo pasa el tiempo! Sin darme cuenta soy yo la que tiene que ser cuidada.

Vivir con alzheimer es como embarcarse en un viaje en el que las cosas que solían ser familiares, se vuelven cada vez más borrosas y confusas. Me despierto cada día sin estar segura de donde estoy ni de que día es.

Mis recuerdos, una vez tan claros y vividos, ahora son fragmentos que pertenecen a un rompecabezas incompleto. Las caras de aquellos que amo, se vuelven difusas y las voces que alguna vez conocí, se desvanecen en un eco lejano.

Envejecer significa depender de otros de una manera que nunca imaginé. Aquellos que me rodean se han convertido en mis guías y cuidadores, ayudándome a navegar por este territorio desconocido.

A pesar de las sombras que la enfermedad arroja en mi mente, trato de aferrarme a la humanidad que aún vive en mí. Las sonrisas, los abrazos y las palabras amables, son como pequeñas luces que iluminan mi camino.

En este viaje incierto, aprendo a estar en el presente, porque el pasado se desvanece y el futuro es un misterio…

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